Comprender para crear: Sapiens y el sistema modular como estructuras de pensamiento
Tanto la metodología Sapiens como el sistema modular de la…
Desde hace años tengo la idea de que la metodología Sapiens, empleada por Ferran Adrià y su equipo en elBulli, y el sistema modular de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco guardan una similitud profunda.
No solo porque ambos pueden leerse desde la teoría general de sistemas como eje articulador, sino porque comparten un conjunto de características que moldean la estructura de pensamiento: por un lado, la construcción de un marco para entender y enfrentarse al mundo; por el otro, la necesidad de comprender ese mismo mundo para ofrecerle algo nuevo.
Esta reflexión surgió inicialmente desde el campo de la creatividad. Sin embargo, con el tiempo he llegado a pensar que estos modelos también ofrecen una herramienta de carácter filosófico, capaz de aterrizarse en el ámbito laboral y organizacional. No como un método rígido, sino como la posibilidad de construir sistemas de trabajo que, en ciertos momentos, exigen el desarrollo de un individuo intelectualmente humilde, dispuesto a aprender, a cuestionar sus propias certezas y a abrirse genuinamente a la multidisciplina.
Esto no implica, en ningún caso, negar el valor de la especialización. Hoy el mercado laboral demanda especialistas, y con razón. De hecho, otro aspecto que considero esencial para enfrentarse al mundo es tener un oficio: algo que permita sostenerse en distintos contextos y que, idealmente, no requiera más herramienta que las propias manos y la fuerza de trabajo.
Lejos de contraponerse, la especialización y la multidisciplina pueden complementarse. Mientras la primera aporta profundidad y rigor, la segunda abre una vía para proponer soluciones útiles, aplicables, creativas e innovadoras frente a retos nuevos y cambiantes.
El mundo —en el presente y en el futuro próximo desde el que se escribe esta reflexión— parece requerir cada vez más esta capacidad de construir soluciones a partir de elementos que ya existen. Al final, ¿qué es la creatividad sino la posibilidad de proponer algo novedoso a partir de lo dado? Desde ahí surge una pregunta más personal: ¿cómo entender este sistema de pensamiento que, al mismo tiempo que me ayuda a comprender mejor el mundo, me ofrece herramientas concretas para la vida cotidiana?
Durante un tiempo asumí que el primer paso era conocer aquello que desconocía y recordar lo que había olvidado. Con ese objetivo busqué entender cómo pensaban algunos de los grandes creativos. Hice uso de la ingeniería inversa para desentrañar sus procesos y, gracias a internet, asistí —a distancia— a numerosas conferencias que me acercaron a esa forma de pensar.
Hay un libro que no he logrado conseguir, Metodología Sapiens. Sin embargo, su aparición pública y las conferencias en las que Ferran Adrià comenzó a hablar de la teoría general de sistemas fueron suficientes para que, en mi cabeza, estos dos puntos —elBulli y la UAM Xochimilco— terminaran por establecer una conexión clara y persistente.
Volví entonces a repasar la literatura básica del sistema modular, aquello que en su momento se nos introdujo casi a presión en algo llamado Tronco Interdivisional y que, con los años, he terminado por agradecer profundamente. Ese recorrido me ha permitido trabajar con especialistas de campos muy distintos y, en apariencia, lejanos entre sí: cocineros, médicos, ingenieros, ambientalistas, políticos y servidores públicos.
Más allá de la diversidad disciplinaria, esa experiencia ha sido decisiva para algo más íntimo: la construcción de una filosofía personal sobre cómo relacionarse con el mundo y sobre quiénes forman parte de él.
Recuerdo que, con el orgullo característico de la UNAM, se utilizaba con frecuencia la expresión “mi deformación es…” para referirse a la formación académica y profesional de una persona. Adopté esa idea como una forma de decir: antes pensaba distinto —o más o menos igual—, pero ahora sé por qué pienso así. Y también para reconocer que, en muchos casos, pensar diferente implica convertirse en una deformación dentro del sistema.
Ese aparente galimatías lingüístico es, en buena medida, lo que ocurre en mi cabeza. La diferencia es que hoy sé que puedo retomar el hilo conductor y que, incluso de un nudo de ideas dispersas o sin sentido, puede emerger una solución posible al reto que enfrento en ese momento.
A veces, este modo de pensar también me ha llevado a una vida más tranquila. Saber que muchas discusiones de hoy se resolverán —o se olvidarán— mañana, al entender que hay personas con otras “deformaciones” o, para decirlo mejor, con estructuras de pensamiento distintas que las llevan a explicarse el mundo de manera diferente.
Creo, además, que la articulación de estos dos modelos podría ofrecer una ruta especialmente fértil para entender y trabajar en el mundo, con la posibilidad de dejar un legado que no sea solo innovador, sino también significativo.