Vivir, para qué.
Durante nuestra vida conocemos personas, ideas y teorías que pretenden…
En enero cumplí un año trabajando como un Gutierritos más de este país, si usted desconoce la referencia al apellido le recomiendo hacer una consulta en San Google o pá pronto aquí. Durante todo este tiempo he sido feliz, me he puesto triste y he aprendido mucho, pero mis sentimientos no son tema de esta publicación sino lo que ha significado para mi la vida Godínez.
Vamos por el principio, he de reconocer primero que este empleo lo obtuve cómo el 99% de los servidores públicos de este país han obtenido sus puestos, acto seguido he de aceptar que a veces he tenido un trato preferencial pero reciclando una frase de Woody Allen, soy lo suficientemente feo, calvo y antisocial para hacer méritos por mi mismo, y si así no lo hiciera que mi evaluación me lo demande.
El segundo punto a tomar en cuenta es que no se trata de mi primer trabajo formal, pero si el primero lejos de algo que tenga que ver con creatividad, aunque al final todo requiere de creatividad y es ahí lo que he disfrutado de mi trabajo y también lo que me ha hecho sufrir, porque cuando una actividad se vuelve monótona pierde el sentido, pasa lo mismo cuando la presión es constante, tanta que dejamos de disfrutar la vida fuera del trabajo. Afortunadamente tuve un cambio a tiempo que me salvo no solo el contrato sino que me dio ganas de llegar casi una hora del horario laboral e irme sin disgusto más tarde cuando es requerido.
Bajo esta especie de cobijo y de suerte Godín; que como todo súper poder, si es usado de forma errónea por las personas equivocadas puede llegar a convertirse en uno de los problemas más grandes de este país, no por el mecanismo de incorporación en si, sino por quienes participan en el mal uso del recurso; acudo de lunes a viernes a presentarme en mi puesto de trabajo, firmar la lista de asistencia, saludar a todos mis compañeros de área y a quién me encuentre en el camino de mano a los hombres y de beso a las mujeres, nada de un “hola, buenos días a todo el mundo” y alzar la mano para agitarla.
He aprendido a trabajar y no es que lo haya hecho mal, pero considero que este país está comenzando a sufrir por causa de quién no sabe trabajar, algunas veces porque simplemente no le gusta lo que hace pero no hace nada por cambiarse. Tampoco me refiero a que haga las cosas mal la mayor parte el tiempo, tiene que ver más con el hecho de saber que hay cosas que tal vez no nos gusta hacer pero que deben realizarse porque es lo que da cohesión a todo. Se aprende también a que la escalera burocrática tiene una razón de ser y que es momento de cambiar la vieja y cansada escalera fija por una sistema menos desgastante, no hay que olvidarse de los elevadores que aunque pueden ser de gran ayuda no hay que acostumbrarse ni vaya a quererse que todo sea tan fácil como apretar un botón para subir.
“La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace están en armonía.” – Gandhi –